lunes, 31 de agosto de 2026

CAMBIAR LA MIRADA

 Tuvimos nuestra segunda sesión con la psicóloga y, a diferencia de la primera, esta vez fue mucho más de ejemplos. Nos dedicamos a revisar los derechos de niñas, niños y adolescentes y a tratar de entender cómo cambia una respuesta cuando dejamos de verla desde nuestra perspectiva de adultos y empezamos a verla desde las necesidades del niño.

 Y creo que ahí entendí algo importante. También entendí un poco mejor por qué no nos dieron la idoneidad. No porque de repente haya descubierto que todo lo que pensamos estaba mal. De hecho, sigo creyendo que muchas de nuestras ideas tenían sentido. El problema fue que nosotros las dijimos de una manera y ellos tenían que evaluarlas a partir de lo que dijimos, no de lo que nosotros estábamos pensando mientras lo decíamos. Y parece una diferencia pequeña, pero no lo es.

 Por ejemplo, nos preguntaron por qué queríamos un niño pequeño. Nuestra respuesta, más o menos, fue que queríamos experimentar lo que es ser padres desde que el niño fuera pequeño, visto así, todo gira alrededor de nosotros: lo que queremos vivir, nuestra experiencia, nuestro deseo de ser padres, pero si cambiamos la perspectiva, podemos decir exactamente lo mismo de otra manera: queremos restituirle a un niño su derecho a vivir en familia lo más tempranamente posible.

 El deseo sigue siendo prácticamente el mismo. Lo que cambia es desde dónde estamos mirando. También hablamos del derecho a la intimidad. En algún momento nos preguntaron cuántos niños podríamos recibir y nosotros respondimos que quizá tres, dependiendo incluso del género, porque podían compartir habitación y nosotros podíamos adaptar los espacios de la casa. Y sí, en mi cabeza la respuesta tenía toda la lógica del mundo. ¿Cuántas personas no crecimos compartiendo habitación? ¿Cuántos hermanos no han dormido juntos? No me parecía algo terrible.

 Pero cuando lo ves desde el derecho del niño a tener su propio espacio e intimidad, la respuesta cambia. Ya no se trata solamente de cuántas camas caben en una habitación, sino de qué necesita cada niño y cómo podemos garantizar sus derechos.

 Y ahí pensé en una de nuestras respuestas. Nos habían explicado que muchos niños que han pasado por el sistema pueden presentar algún tipo de rezago académico como consecuencia de las situaciones que han vivido. Por eso nosotros habíamos pensado que, si llegara un niño a nuestra familia y considerábamos que necesitaba ponerse al corriente, quizá no lo incorporaríamos inmediatamente a la escuela. Nuestra idea era evaluarlo primero, saber en qué nivel estaba, ayudarlo a regularizarse en aquello que necesitara y después incorporarlo al sistema educativo.

 Para nosotros estaba clarísimo. Pero dijimos solamente:

 

“No lo vamos a meter luego, luego a la escuela.”

 

Y ahí estaba el problema. Porque nosotros estábamos pensando toda la oración, pero solamente dijimos la primera parte. Para nosotros significaba: “No lo vamos a meter inmediatamente porque primero vamos a evaluar sus necesidades y, si hace falta, vamos a ayudarlo a regularizarse para después incorporarlo a la escuela”. Para quien nos estaba evaluando podía significar simplemente: “No lo van a meter a la escuela”.

 Y ahí entendí que muchas de nuestras respuestas probablemente tuvieron ese mismo problema, no necesariamente pensábamos una cosa y dijimos otra. Más bien, pensábamos muchísimo más de lo que dijimos. Nos vimos muy analíticos, pero creo que nos faltó algo bastante más sencillo: explicar.

 Porque nosotros dábamos muchas cosas por entendidas. Pensábamos que, si una respuesta tenía una lógica, la otra persona iba a seguir automáticamente el camino que nosotros habíamos recorrido en nuestra cabeza. Y no. Nadie puede evaluar lo que no dijiste.

 Creo que eso fue lo más importante de esta sesión. No aprendimos solamente veinte derechos. Aprendimos a cambiar el centro de nuestras respuestas. Dejar un poco el “yo quiero”, “yo pienso”, “yo necesito” y empezar a preguntarnos: “¿Qué necesita este niño?”, “¿Qué derecho estamos tratando de garantizar?”, “¿Cómo puede afectarle esto a él?”. Y sí, probablemente vamos a tener que aprender a contestar de una manera mucho más detallada.

 No sé qué vaya a pasar cuando volvamos a intentarlo. Tampoco quiero cantar victoria antes de tiempo y decir que ahora sí estamos preparados y seguramente nos darán la idoneidad. Todavía nos falta camino.

Pero al menos ahora entiendo un poco mejor aquel “no” y quizá eso era algo que necesitaba.

 Porque sigo pensando que algunas de nuestras respuestas tenían sentido. Lo que ahora entiendo es que una respuesta puede tener sentido para quien la está dando y, al mismo tiempo, ser interpretada de una manera completamente diferente por quien la está escuchando. La próxima vez tendremos que recordar algo muy sencillo:

 No basta con saber lo que queremos decir, hay que decirlo todo; aunque parezca obvio; aunque pensemos que se sobreentiende; aunque en nuestra cabeza la historia completa esté perfectamente armada.

 

martes, 18 de agosto de 2026

El día que leí "no idóneo"

Todos los días revisaba mi correo esperando la respuesta, la famosa respuesta de la junta, sin embargo, el día que llego yo no lo vi, la resolución del DIF llegó un jueves, viéndolo ahora, creo que fue una pequeña intervención divina, porque ese jueves tuve que ir a ver a los gatos de mi hermano y, además, estaban aquí mis ahijadas, se hizo tarde, para cuando ellas se fueron yo estaba muy cansada y simplemente no revisé el correo.

 Al día siguiente, el viernes, estuve ocupada con el trabajo. Pasó el día entero sin que yo supiera que la respuesta que llevaba tanto tiempo esperando ya estaba ahí, fue hasta la noche, cuando ya estaba por llegar Mario, que me acordé de que no había revisado el correo, lo abrí y ahí estaba, un remitente desconocido, pero con las siglas del DIF después de la arroba.

 En ese momento todavía no sabía lo que iba a encontrar, solamente tenía los nervios de quien por fin va a conocer una respuesta que llevaba tiempo esperando, fui directamente a buscar lo que más me importaba: si éramos idóneos o no para continuar con el proceso de adopción, y entonces lo vi:

 No idóneos.

 Fue como un balde de agua fría, mi primera reacción fue: ¿por qué?, así que ahora si me puse a leer todo lo que el dictamen decía, y ahí estaban los motivos, los leí tratando de entender qué había pasado, qué habíamos hecho mal y, sobre todo, cómo habíamos llegado hasta esa conclusión.

 En eso estaba cuando llegó Mario, me encontró llorando y me preguntó qué había pasado, yo simplemente no podía hablar, tenía ese nudo en la garganta que hace que hasta las palabras más sencillas se vuelvan imposibles, al final como pude, le dije que nos habían rechazado, él me abrazó.

 Mario no lloró, tampoco es algo que me sorprenda, él no tiene sentimientos, no es cierto, él procesa las cosas de una manera mucho más racional que yo; no suele mostrar sus emociones de la misma forma. Y, curiosamente, eso también sería uno de los puntos que más adelante aparecerían en nuestra evaluación: que él no muestra sus sentimientos.

 En ese momento solamente podía pensar en una cosa: ¿cómo podía ser que nos dijeran que no éramos idóneos para ser padres?, entiendo que la adopción no se trata solamente de los adultos que quieren convertirse en padres. Hay niños de por medio, niños que ya han pasado por situaciones muy difíciles y cuyo bienestar tiene que estar por encima de nuestro deseo de formar una familia, eso lo entiendo,pero entenderlo no hizo que doliera menos.

 Cuando alguien quiere tener un hijo de manera natural, nadie se sienta frente a esa persona antes de que se convierta en padre para decirle: “No eres idóneo para ser mamá” o “no eres idóneo para ser papá”, uno puede convertirse después en un padre terrible, por supuesto, y entonces sí puede o no haber consecuencias, pero antes de tener ese hijo, nadie te hace una evaluación para determinar si mereces o no tenerlo, en la adopción sí.

 Y aunque sé por qué tiene que ser así, recibir ese “no idóneo” se siente, inevitablemente, como si alguien estuviera diciendo:

 No sirves para esto.

 Ahora pienso que, si hubiera abierto ese correo el jueves, probablemente el viernes no me habría levantado de la cama, habría pasado todo el día llorando como Magdalena, como decía mi mamá.

 En el correo te ofrecen una cita por si quieres que ahonden en los motivos del porque no fuiste idóneo, así que decidimos ir, ya que aunque los motivos eran claros en el papel, pensamos que quizás en persona podríamos obtener una mejor reflexión al respecto y resolver unas dudas puntuales, pero fue ahí donde empecé a descubrir que la historia era un poco más complicada.

 Había cosas que sí podía reconocer, había aspectos personales, tanto míos como de Mario, en los que probablemente teníamos que trabajar. No me cuesta aceptar eso. Al contrario: si hay cosas que necesitamos mejorar para poder ser mejores padres, prefiero saberlo y trabajar en ellas, por ejemplo, uno de los puntos señalados era que Mario no muestra sus sentimientos, y sí, es verdad, Mario es una persona muy racional, no suele expresar sus emociones de la misma manera que yo, si recibe una noticia fuerte, probablemente no va a reaccionar llorando, la va a analizar, va a buscar qué hacer y va a procesarla desde otro lugar.

 Pero que alguien no llore no significa necesariamente que no sienta, de hecho, tanto mi psicólogo como la psicóloga con la que empezamos a trabajar después coincidieron en algo que para mí era bastante evidente: existen diferentes maneras de relacionarse emocionalmente con los demás. Una persona puede no ser expresiva emocionalmente y, aun así, encontrar otras formas de acompañar, escuchar y conectar con un niño.

 El problema no era que nos señalaran que había algo que trabajar, el problema era que sentíamos que algunas de las conclusiones del informe no correspondían con lo que realmente habíamos dicho o con la manera en que vivíamos nuestra relación, y ahí apareció mi coraje.

 Porque mientras hablábamos con ellos, empezamos a descubrir varias inconsistencias, por ejemplo, uno de los puntos señalaba que todavía teníamos ilusión por tener un hijo biológico, ¿De dónde había salido eso?, Nosotros nunca dijimos que estuviéramos intentando tener un hijo biológico ni que ese fuera nuestro objetivo, de hecho, la adopción era algo que yo había querido desde mucho antes de saber que no podría tener hijos de manera natural.

 Lo que había ocurrido fue una conversación que, en retrospectiva, me parece increíble que terminara convertida en una conclusión de ese tipo, durante la entrevista nos preguntaron varias veces qué pasaría si yo quedara embarazada, la primera vez respondimos que no era posible. Ya habíamos hablado con nuestros médicos y sabíamos que no podíamos tener un embarazo de manera natural, pero la pregunta volvió a aparecer: “¿Y qué pasaría si te embarazaras?”, Nosotros respondimos algo bastante sencillo: si ocurriera, hablaríamos con el médico, si existiera la posibilidad de llevar el embarazo a término, lo llevaríamos, y si médicamente no fuera posible, tendríamos que tomar las decisiones correspondientes, incluso recurrir a un aborto, pero de alguna manera, esa respuesta terminó interpretándose como que todavía teníamos la ilusión de tener un hijo biológico.

 Porque una cosa es que alguien interprete nuestras palabras de una manera que nosotros no compartimos y otra es que esa interpretación termine formando parte de las razones por las que nos consideran no idóneos.

 Después de todo esto, también descubrimos que el proceso había tenido sus propios problemas, la persona de trabajo social que nos entrevistó ya no estaba, tampoco estaba el psicólogo que había participado en nuestra evaluación. De hecho, hubo dos psicólogos porque el primero había renunciado y, en algún momento, nuestro expediente se perdió, así que tuvimos que volver a entregar toda la documentación.

 Con todo eso, era difícil no preguntarnos cuánto de lo que aparecía en el dictamen realmente correspondía a nosotros y cuánto había sido resultado de interpretaciones, cambios de personas y un proceso que, por diferentes circunstancias, no había sido precisamente sencillo, y aquí quiero hacer una aclaración, porque no quiero que esta historia se convierta simplemente en “el DIF se equivocó y nosotros tenemos la razón”, no pienso eso.

 Hay cosas que nos señalaron que sí creo que debemos trabajar. Hay aspectos de nosotros como pareja y como personas que podemos mejorar, y si vamos a intentar convertirnos en padres por medio de la adopción, me parece importante tomarlos en serio, mi problema no es que nos hayan dicho que no, mi problema es sentir que, además de esos puntos que sí podían ser motivo suficiente para detener el proceso, se añadieron otras conclusiones con las que no nos identificamos y que sentimos que fueron utilizadas para completar una explicación que no necesariamente correspondía con lo que nosotros habíamos dicho.

 Y entonces tuvimos que decidir qué hacer con todo eso, quedarnos con el NO, era una opción que jamás paso por nuestra mente, ya habías dicho que si nos decían que no, íbamos a volver a intentarlo, empezamos a buscar más información y, preguntando en un grupo de Facebook sobre adopción, encontramos una institución llamada Adoptaris, allí comenzamos a trabajar con una psicóloga especializada en adopción.

 Apenas llevamos una sesión, pero desde esa primera conversación tuve una sensación muy clara: quizá esto era algo que nos habría ayudado muchísimo antes de comenzar nuestro primer proceso, no porque hubiéramos hecho todo mal, simplemente porque descubrimos que sabíamos mucho menos de lo que creíamos, y es que, al menos desde mi experiencia, encontrar información clara sobre cómo funciona realmente la adopción en México no es tan sencillo, por eso mi idea de este blog.

 La mayoría de las ideas que uno tiene vienen de lo que ha visto en películas, series o incluso en las noticias, y la adopción real no funciona como en las películas.

-No llegas a un lugar, ves a varios niños y dices: “Quiero a ese”.

-No eres tú quien elige al niño.

 De acuerdo con lo que hemos empezado a aprender, el proceso busca determinar qué familia puede responder mejor a las necesidades de un niño determinado, tomando en cuenta sus características, su historia y también las condiciones y capacidades de quienes quieren adoptar, y eso es solamente una de las muchas cosas que estamos descubriendo.

 Por eso decidí seguir escribiendo sobre esto, quizá hoy este blog no tenga lectores. Quizá durante mucho tiempo nadie llegue hasta aquí. Pero quiero dejar constancia de lo que vayamos aprendiendo, porque tal vez algún día alguien que esté comenzando este camino encuentre estas páginas.

 Quizá llegue alguien que, como nosotros, no sabía por dónde empezar o alguien que ya haya recibido un rechazo y esté sintiendo que todo terminó, no sé si mi experiencia será útil para alguien más, no sé siquiera cómo va a terminar nuestra propia historia, pero sí sé que esto no terminó con aquel “no idóneo”. Ahora empieza otra etapa.

 Una en la que tenemos mucho que aprender, algunas cosas que trabajar y, sobre todo, un camino que todavía no sabemos exactamente a dónde nos va a llevar.

Y quiero contarlo.

 

CAMBIAR LA MIRADA

  Tuvimos nuestra segunda sesión con la psicóloga y, a diferencia de la primera, esta vez fue mucho más de ejemplos. Nos dedicamos a revisar...