Tuvimos nuestra segunda sesión
con la psicóloga y, a diferencia de la primera, esta vez fue mucho más de
ejemplos. Nos dedicamos a revisar los derechos de niñas, niños y adolescentes y
a tratar de entender cómo cambia una respuesta cuando dejamos de verla desde
nuestra perspectiva de adultos y empezamos a verla desde las necesidades del
niño.
Y creo que ahí entendí algo
importante. También entendí un poco mejor por qué no nos dieron la idoneidad. No
porque de repente haya descubierto que todo lo que pensamos estaba mal. De
hecho, sigo creyendo que muchas de nuestras ideas tenían sentido. El problema
fue que nosotros las dijimos de una manera y ellos tenían que evaluarlas a
partir de lo que dijimos, no de lo que nosotros estábamos pensando mientras lo
decíamos. Y parece una diferencia pequeña, pero no lo es.
Por ejemplo, nos preguntaron por
qué queríamos un niño pequeño. Nuestra respuesta, más o menos, fue que
queríamos experimentar lo que es ser padres desde que el niño fuera pequeño, visto
así, todo gira alrededor de nosotros: lo que queremos vivir, nuestra
experiencia, nuestro deseo de ser padres, pero si cambiamos la perspectiva,
podemos decir exactamente lo mismo de otra manera: queremos restituirle a un
niño su derecho a vivir en familia lo más tempranamente posible.
El deseo sigue siendo
prácticamente el mismo. Lo que cambia es desde dónde estamos mirando. También
hablamos del derecho a la intimidad. En algún momento nos preguntaron cuántos
niños podríamos recibir y nosotros respondimos que quizá tres, dependiendo
incluso del género, porque podían compartir habitación y nosotros podíamos
adaptar los espacios de la casa. Y sí, en mi cabeza la respuesta tenía toda la
lógica del mundo. ¿Cuántas personas no crecimos compartiendo habitación?
¿Cuántos hermanos no han dormido juntos? No me parecía algo terrible.
Pero cuando lo ves desde el
derecho del niño a tener su propio espacio e intimidad, la respuesta cambia. Ya
no se trata solamente de cuántas camas caben en una habitación, sino de qué
necesita cada niño y cómo podemos garantizar sus derechos.
Y ahí pensé en una de nuestras
respuestas. Nos habían explicado que muchos niños que han pasado por el sistema
pueden presentar algún tipo de rezago académico como consecuencia de las
situaciones que han vivido. Por eso nosotros habíamos pensado que, si llegara
un niño a nuestra familia y considerábamos que necesitaba ponerse al corriente,
quizá no lo incorporaríamos inmediatamente a la escuela. Nuestra idea era
evaluarlo primero, saber en qué nivel estaba, ayudarlo a regularizarse en
aquello que necesitara y después incorporarlo al sistema educativo.
Para nosotros estaba clarísimo. Pero
dijimos solamente:
“No lo vamos a meter luego, luego
a la escuela.”
Y ahí estaba el problema. Porque
nosotros estábamos pensando toda la oración, pero solamente dijimos la primera
parte. Para nosotros significaba: “No lo vamos a meter inmediatamente porque
primero vamos a evaluar sus necesidades y, si hace falta, vamos a ayudarlo a
regularizarse para después incorporarlo a la escuela”. Para quien nos estaba
evaluando podía significar simplemente: “No lo van a meter a la escuela”.
Y ahí entendí que muchas de
nuestras respuestas probablemente tuvieron ese mismo problema, no
necesariamente pensábamos una cosa y dijimos otra. Más bien, pensábamos
muchísimo más de lo que dijimos. Nos vimos muy analíticos, pero creo que nos
faltó algo bastante más sencillo: explicar.
Porque nosotros dábamos muchas
cosas por entendidas. Pensábamos que, si una respuesta tenía una lógica, la
otra persona iba a seguir automáticamente el camino que nosotros habíamos
recorrido en nuestra cabeza. Y no. Nadie puede evaluar lo que no dijiste.
Creo que eso fue lo más
importante de esta sesión. No aprendimos solamente veinte derechos. Aprendimos
a cambiar el centro de nuestras respuestas. Dejar un poco el “yo quiero”, “yo
pienso”, “yo necesito” y empezar a preguntarnos: “¿Qué necesita este niño?”,
“¿Qué derecho estamos tratando de garantizar?”, “¿Cómo puede afectarle esto a
él?”. Y sí, probablemente vamos a tener que aprender a contestar de una manera
mucho más detallada.
No sé qué vaya a pasar cuando
volvamos a intentarlo. Tampoco quiero cantar victoria antes de tiempo y decir
que ahora sí estamos preparados y seguramente nos darán la idoneidad. Todavía
nos falta camino.
Pero al menos ahora entiendo un
poco mejor aquel “no” y quizá eso era algo que necesitaba.
Porque sigo pensando que algunas
de nuestras respuestas tenían sentido. Lo que ahora entiendo es que una
respuesta puede tener sentido para quien la está dando y, al mismo tiempo, ser
interpretada de una manera completamente diferente por quien la está escuchando.
La próxima vez tendremos que recordar algo muy sencillo:
No basta con saber lo que
queremos decir, hay que decirlo todo; aunque parezca obvio; aunque pensemos que
se sobreentiende; aunque en nuestra cabeza la historia completa esté
perfectamente armada.
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